La felicidad personal y el bienestar social van estrechamente enlazados a la prosperidad conyugal y familiar. En el ambiente que respiramos, se han introducido diversos modismos y deformaciones que abocan a la ruina de la familia y la quiebra del matrimonio; la unión matrimonial sufre frecuentemente la agresión del egoísmo, del hedonismo y el materialismo. Las actuales tendencias económicas, socio-psicológicas y civiles originan fuertes perturbaciones para la familia. Nuestra respuesta será la de S. J. Crisóstomo: “No me cites leyes que han sido dictadas por los de fuera… Dios no nos juzgará en el día del juicio, por aquellas, sino por las leyes que Él mismo ha dado”.
La familia es la célula viva del cuerpo social, si se ataca y destruye, se desmorona la sociedad y quedará expuesta a la barbarie. La familia es el núcleo primario de ayuda mutua y de educación de los hijos en virtud del sacramento del matrimonio. Ya lo expresaba el Vaticano II: “los cónyuges se ayudan mutuamente a erigir su amor fecundo y a fortalecer la educación de los hijos en la unidad, consorcio del cual procede la familia (LG 11).
La verdadera familia se fundamenta en oír la palabra de Dios y cumplirla en la práctica del día a día. La familia ha de fundamentar la unión, huir de estorbos y desvíos, prever los peligros y rupturas; y poner amor, donde no haya amor, en la entrega diaria.
El matrimonio tiene sus raíces en la creación. “Desde el principio, el Creador los hizo macho y hembra y dijo: ‘Por esto, el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne’. De forma que ya no son dos, sino uno solo” (Mt 19,4).
Pero, "Moisés permitió el repudio y el libelo de divorcio", le dijeron, a Jesús y Él contestó: Ello se debe a la “dureza del corazón humano”. La rudeza que lleva a la violencia. La impiedad, la obstinación en el egoísmo y el hedonismo personal y social crean situaciones irreversibles y tan difíciles para la convivencia, que hacen precisa la separación y el divorcio; que siempre será mejor que mantener el insulto, la vejación, la rabia enquistada y, al final, el triste desenlace de la sangre y el asesinato.
Por ello, se ha de estudiar muy detenidamente la elección y no dejarse cegar por los halagos y entusiasmos enamoradizos del principio. Aquel que, olvidó sus palabras de amor o engañó, a la mujer, con falsos requiebros y quemó su amor en el odio y en el desprecio, es mejor separarlo y detenerlo. Hay hábitos y tendencias del carácter que, con la observación, se detectan y muestran los posibles problemas que seguro vendrán. Y, en ese primer momento, que es más fácil y menos doloroso, se debe cortar y marchar cada uno hacia otros horizontes y caminos.
La familia está formada por los miembros que conviven en un hogar. El núcleo vital radica en el matrimonio; es el germen natural de la familia que abarca a todos aquellos que, de alguna manera, están ligados con los cónyuges.
En esa unidad matrimonial, nacen los hijos, nuevos ciudadanos que forman y engrosan la sociedad humana. Los padres, en el seno familiar se aprestan a dar la formación humana, intelectual y profesional que los capacite para vivir el respeto, la libertad y la responsabilidad en un clima de amistad, confianza y comunicación.
La familia ha de proporcionar a los hijos los conocimientos y actitudes que necesitan para ser hombres de bien y los recursos que requieren su crecimiento y desarrollo intelectual y moral.
La madre es el principio conformante de la familia, en la que se establece un vínculo tan estrecho y envolvente que varios, padres e hijos, constituyen un “unum”, una entidad integral. A. Artous establece que al ser las mujeres las que aportan los elementos constitutivos de la sociedad, disponen de una trascendental capacidad para incidir en los asuntos sociales por su poder reproductor.
La institución natural del matrimonio constituye el proyecto extraordinario de la unión de vida en común robustecida por el amor. La familia es comunión, solidaridad y participación. Esta unidad vital enraizada, incrustada en el afecto y el cariño es la familia. Es protección, seguridad y alegría. La familia es abrazo y roce. Imparte comprensión y vive el sufrimiento; y ello juntos, entroncados, insertos en una sola entidad. Lo que afecta a uno, afecta a los demás. Ese cordón umbilical de la inserción por el amor es la fuente generativa que da vida y educa a los hijos.
La unión natural y la comunión de vida robustecen al niño y le proporcionan las defensas que precisa ante las enfurecidas olas de la vida. Sin embargo, en el espacio que respiramos, la introducción de novedades nocivas y las maniobras laicistas y paganas instilan su tendencioso virus destructivo en el matrimonio y la familia. Cervantes en su inmortal “Don Quijote de la Mancha”, afirma: “Es razón concluyente que el intentar las cosas de las cuales antes nos puede suceder daño que provecho, es de juicios sin discurso y temerarios” (P. I: Cap. 34). La lección es exacta. Causar el daño y destruir jamás beneficia; es propio de necios e ignorantes. El que dilapida su estructura patrimonial busca veloz su miseria y la de los suyos.
La familia es el sostén y fundamento esencial y primario del espacio social. Aquellos que llenos de ignorancia y maldad la minan y destruyen acarrean la debacle a la nación, a la sociedad y se aniquilan a sí mismos. La familia, sustentada en poderosas raíces de paz, amor generoso y sana convivencia es el ramaje floreciente y fructífero, núcleo primario de una fértil ciudadanía engarzada en la colaboración, la caridad y el crecimiento virtuosos de los hijos en virtud del compromiso, de la decisión voluntaria y libre en la responsabilidad del matrimonio.
Déseme un pueblo rebosante de caridad, servicio y solidaridad y levantaré un edificio social feliz, justo, libre y próspero.

Me gustaría que me explicara como es que siendo la familia el sostén de la sociedad y según usted, una especie de unidad en la que ambos se apoyan mutuamente siga habiendo a estas alturas el nivel de discriminación y falta de igualdad en todos los ámbitos hacia la mujer. Curiosamente la mujer goza hoy día de muchas más libertades, privilegios y en definitiva, de muchos más derechos que hace treinta, cuarenta o cincuenta años cuando el modelo de familia que usted tanto alaba era el único reconocido.
Me gustaría saber por qué la iglesia considera que la familia está siendo minada y atacada desde ciertos grupos de la sociedad que se plantean nuevos modelos de convivencia. Aún no he tenido noticia de ninguna ley en la que se prohíba las uniones entre hombre y mujer, en donde se impida la adopción a matrimonios tradicionales, etc... simplemente se abren nuevos modelos entre los que indudablemente la familia tradicional tiene cabida.
Me gustaría saber por qué la iglesia considera única y exclusivamente válida su propia opinión o palabra y nunca se abre a escuchar las opiniones que no coinciden con las suyas.
Desgraciadamente carezco de la formación necesaria para poder estar en condiciones de discutir todos estos temas con usted, pero aun así me gustaría que respondiese a esas dudas que le expongo.
Muchas gracias por adelantado, un cordial saludo.
Amigo José:
Perdone que conteste tarde; he estado fuera y ha sido imposible.
No se haga tan humilde, hombre, por su expresión no muestra tanta deficiencia como dice. Y, añádese, que discutir con respeto y formas, nunca es obstáculo.
Mire. La mujer sigue discriminada por el egoísta maschismo.
La mujer ha soportado la postergación social, hasta que ya no aguantó más, e inició su emancipación. Pero, sigue sometida. En la interacción humana, continúa el orden subordinativo, el sometimiento y la dedicación a las labores domésticas, porque al hombre le interesa y le niega la igualdad. El varón, armado de su fuerza, y aprovechando la intensidad de la entrega amorosa, la doblega y la reduce a sus mandatos e inclinaciones. Y, cuando ella presenta cara y contrapone su personalidad y necesidades, salta y surge la furia del instinto desordenado que, ante la debilidad femenina, maltrata psíquica y físicamente, ridiculiza, desprecia, hiere y mata. Este terrible goteo de muerte y sangre, que, atónitos, sufrimos a diario, no es soportable ni permisible. Son muchas las muertes, muchos los energúmenos. Las leyes existentes, se comprueba, que son insuficientes. La sociedad ha de reflexionar, detenerse y adoptar las medidas necesarias para cortar este río de sangre, ese caos de malos tratos y de violencia doméstica.
Sabemos que, históricamente, en todas las épocas y culturas, la mujer ha estado sojuzgada, ha ocupado un estrato de segundo orden en el entramado civil, público y privado. Ha estado sometida y considerada casi una esclava, un ser sin entidad social ni jurídica. Tal vez, contribuyó, desde el principio, la conciencia colectiva por la que el hombre, sabiéndola superior, amparado en los largos periodos de gestación y en su fuerza física decidió relegarla. En ello y en todo el pensamiento occidental, ha pesado sobremanera el relato del Génesis que responsabiliza de la trasgresión y consecuente expulsión del Paraíso, a dos figuras femeninas: Eva y la serpiente. La E.M. y el Renacimiento imaginaron al perverso animal con rostro de mujer e incluso, un busto de abundantes senos (así, las Biblias Ilustradas “Díptico de la tentación” de Hugo van der Goes s. XV). Ambas son las causantes de la desgracia, introducen el mal en el mundo con terribles consecuencias. Una seduce, es la tentadora, la otra se deja tentar. Representan la desobediencia en la historia, la maldad y la debilidad. Y el hombre, un ingenuo e inútil, que se deja arrastrar, como dice San Pablo. Ellos, al pedirles cuentas, se excusan infantilmente; él: “la mujer que me diste me dio a comer”; y ella: “la serpiente me engañó”.
Sobre el segundo asunto, le digo esto: La familia está siendo minada y atacada desde distintos frentes del socialismo en el Gobierno, no directa sino indirectamente, al no cuidarla con unas ayudas sociales y económicas que la tienen en el olvido y al no apreciarla ni un poco. Es atacada más abiertamente desde la extensión e implantación de su laicismo y la imposición de la doctrinaria asignatura de la Educación para la Ciudadanía. El Estado, con ello, impone ilegítimamente una formación de la conciencia moral de los alumnos al margen de la libre elección de sus padres. Ese sistema educativo obliga a recibir su formación y violenta la voluntad de los padres y declara implícitamente que la opción hecha por ellos no es considerada válida por el Estado.
Y sobre el tercer tema, la iglesia no es que considere única y exclusivamente válida su propia opinión. Como toda institución presenta y tiene su propia doctrina, su legislación y su pensamiento y hábitos, cuya base está en el Evangelio, la Tradición y la exégesis. Ese corpus es requísimo y muy fundamentado, no puede estar al arbitrio de cualquiera. Se mentiene ya durante siglos y debe permanecer. También el Estado y los mismos partidos políiticos tienen sus directrices y doctrinas que las guardan y conservan, a veces contrarias al bien común.
Bueno, mi amigo, la cuestión no cabe en estas líneas.
Un saludo, Camilo