DESOLACIÓN EN CANARIAS
«Aquí estaba el dormitorio. No queda nada; sólo la promesa de los políticos», dice un habitante de Masca, un pueblo devorado. «Lo miro y no me lo creo, parece el paraíso de Lucifer», declara otro vecino.
La tragedia de negras fauces y tétricas llamas abrasadoras ha asolado la verde floresta de rica esperanza ecológica. Llegó el odio de la venganza en manos de unos desalmados, que rociaron y alimentaron la rabia del fuego. Llegó la desolación, la hora del llanto y la desgracia. Vino el crujir y el rechinar; cuando toca llorar, se llora, porque no queda nada, porque se mira y no se cree, porque Lucifer, con el mal, se ha instalado. Los cuervos sobrevuelan la negrura gris, el exterminio se apodera de los troncos y ramajes, la iniquidad y la agonía bufan en el parque rural. Los profundos barrancos y las paredes grandiosas de Tenerife se estremecen y tiemblan.
Agrias críticas se alzan contra los gobernantes y ministras de turno. El Gobierno no ha enviado hidroaviones a Canarias en seis días y no había ninguno del Ministerio de Medio Ambiente en todo el archipiélago canario antes de que se iniciaran los devastadores fuegos; los veinte anfibios de Medio Ambiente andaban en incendios menores en la Península. «Esto ha sido un desmadre, dice un masquero; la gente salió con el fuego en el cogote. No hay prevención ni medios. Ya lo sabíamos».
La situación de abandono gubernamental en Canarias, apunta “La Razón”, ha suscitado ya reacciones políticas. El Partido Popular, así como Coalición Canaria, exigen explicaciones de la ministra, Cristina Narbona, en el Senado. Pues, cuando el furor del fuego comenzó a morder árboles y matorrales, el Gobierno tenía un solitario helicóptero HK en Gran Canaria y en Tenerife una brigada helitransportada, los únicos medios previstos por Medio Ambiente, para acudir a la urgencia de un desastre en todo el archipiélago. No se habían acordado aún de enviar refuerzo alguno desde la Península. Esta desidia e imprevisión, junto al acto maligno de los odiosos incendiarios, se encuentra en las pavesas de ese enorme monto, más de 35.000, hectáreas quemadas. Es «algo patético» que Medio Ambiente no haya destinado ningún hidroavión a Canarias.
Paulino Rivero, exigió a Zapatero, en su visita a la devastación, la permanencia, en las islas, de la dotación contraincendios. La política, al respecto, entablada por el Ejecutivo de Zapatero ha de englobar no sólo la extinción de incendios, sino también, un «cambio radical y fuerte» destinado a su prevención. No basta la política del talonario ni la manifiesta ineficacia del ministro de Industria. Se requiere gestión y gobierno eficientes y previsores.
El PP presentó un plan de choque contra los incendios forestales por el que se destinen 375 millones de euros anuales a un fondo nacional, para la defensa del monte y promover actuaciones preventivas contra los fuegos y el aprovechamiento sostenible de los montes. Dicho plan encara la creación de empleo rural, la conservación de los bosques, la lucha contra el cambio climático y la reducción de la dependencia de abastecimiento de la energía exterior. Demanda una agencia de gestión de las crisis, órgano de cooperación y colaboración de los efectivos, para diseñar los protocolos de actuación en las catástrofes de gran magnitud.
Es hora de la unión y de la eficacia. España necesita un «pacto de Estado» sobre las políticas forestales; dolorida no deja de gemir ante el grito de la Naturaleza Herida de muerte; sus ojos cargados de lágrimas no resisten observar el infierno que engulló el paraíso canario. Las «Islas Afortunadas», hoy desafortunadas en el infortunio, miran la desolación con la desconfianza, que les sustrae los resquicios de su esperanza; su patrimonio ecológico, pitanza de rabioso fuego, voló devorado en negros humos. Ambas islas tienen una riqueza de especies endémicas de fauna y flora difícil de igualar, y se teme que el hábitat de la subespecie grancanaria del pinzón azul, un ave que figura en el libro rojo de las especies en peligro de extinción, el pico picapinos o el herrerillo común hayan perdido su «hogar» entre las cenizas.
Todo fue humo envolvente, calor inmenso que impedía evacuar a los enfermos y llamas infernales que calcinaron casas, cabras, gallinas y plantaciones. No había salida. No hubo forma ni medios entre las escasas esperanzas rotas. Todo fue espanto, ruina y desolación.
