Esta es la única manera de dilatar nuestra vida mortal, o mejor, de traducirla en inmortalidad. Honores, monumentos y laboriosa diligencia pronto se arruinan; pero ningún daño puede causar a aquello que consagró la sabiduría”.
“De brevitate vitae” Lucio A. SÉNECA.
El hombre vive hoy atrapado y aturdido por un ambiente laicista, materialista y hedonista que lo anonada y aplasta cada vez con más fuerza hacia abajo, hacia la ruindad e insolvencia. Se acortan sus miras, se constriñe su horizonte y se inclina más apesadumbrado. Impelido por la vertiginosa prisa y por los ídolos; en un mundo en que las distancias y los espacios se acortan, la serena planificación no cabe, y el ayer se desvanece tan rápidamente que una década parece situarse en la larga lejanía del medio siglo; el individuo se refugia en la dejadez y en la pasividad envilecido por el consumismo y los incentivos de la llamada sociedad del bienestar.
Y es que le falta el asidero firme y consistente al que acogerse. Cuando la familia y la escuela, los dos pilares de sostén y fundamento, se quiebran y se tambalean, el hombre se encuentra desasido y desviado. Presenciamos con demasiada frecuencia matrimonios formados a la ligera, enquistados, deshechos; hogares rotos en que los niños desvalidos son revancha egoísta y juguete de los caprichos de uno y de otro; padres dedicados a mil y una cosa que olvidan la primera de sus obligaciones que es velar, enseñar y “estar” con sus hijos. El niño es y será para el resto de sus días lo que vea, viva y respire en la casa, las primeras papillas lo informan y lo conforman para una madurez fecunda en la plena formación de hábitos saludables y correctos. Muchas conductas que luego sorprenden en los mayores tienen su origen en el seno familiar; son respuesta a la desatención y a la incuria paterna; se han gestado en situaciones de descuido, de abandono y de preterición. Las palabras vuelan pero los ejemplos arrastran. El niño es una esponja que absorbe vivamente lo que ve y oye. La escuela, por su parte, viene luego a completar y ensanchar la educación que sobrepasa la acción familiar. Pero, nadie puede dar aquello de que carece. Hoy, la escuela ha perdido su consistencia; con sus innovaciones y reformas difusas e inconsistentes ha venido a resultar vacía de contenido formativo, de respeto y disciplina y de instrucción en el orden y normas perennes de conducta. Lo cual es una consecuencia lógica de lo anterior: Si en la casa no se vive esta exigencia mal la van a demandar los padres en los centros de enseñanza ni de los poderes públicos.
Se han desechado, como antiguallas, los valores tradicionales. Se busca el loco placer y la vana felicidad; se le rinde mísero culto al dinero; cree el hombre que, en la riqueza y en la satisfacción placentera, va a encontrar el bien que necesita. Se casan y se divorcian sin reflexión y conocimiento y se destruye insistentemente la institución familiar. El noviazgo es esencial; hay que concederse un periodo de observación concienzuda para detectar virtudes y defectos que, a la larga, van a aflorar y dar ocasión a violencias, desesperos y malos tratos. Cuando San José pensó repudiar a su desposada, meditó serenamente, y, sabiéndola virtuosa, decidió olvidar y continuar soportando lo que viniera (Mt 1,18-21). Formó una familia humilde y sencilla, pero feliz y ejemplar en Nazaret (Lc 2,51-52). Y no hizo nunca dejación de sus funciones. María, al encontrar al niño perdido en Jerusalén, no dudó en reprenderlo con cierta dureza: "Hijo, ¿por qué has hecho esto? (Lc 2.48). Los padres han de guiar y castigar los errores de los hijos; la educación no está en conceder todos los gustos que les piden, con ello, no educan, malcrían al hijo, están haciendo un monstruo tirano. El niño requiere cariño y reprensión, amor y disciplina, en una atención y reconducción diarias.
El padre y la madre, en conjunción acorde, ha de sembrar en el hijo los valores esenciales y los principios éticos y humanos, regarlos, loborearlos y cuidarlos con amor y firmeza constantes.
servido por camilovalverde
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La felicidad personal y el bienestar social van estrechamente enlazados a la prosperidad conyugal y familiar. En el ambiente que respiramos, se han introducido diversos modismos y deformaciones que abocan a la ruina de la familia y la quiebra del matrimonio; la unión matrimonial sufre frecuentemente la agresión del egoísmo, del hedonismo y el materialismo. Las actuales tendencias económicas, socio-psicológicas y civiles originan fuertes perturbaciones para la familia. Nuestra respuesta será la de S. J. Crisóstomo: “No me cites leyes que han sido dictadas por los de fuera… Dios no nos juzgará en el día del juicio, por aquellas, sino por las leyes que Él mismo ha dado”.
La familia es la célula viva del cuerpo social, si se ataca y destruye, se desmorona la sociedad y quedará expuesta a la barbarie. La familia es el núcleo primario de ayuda mutua y de educación de los hijos en virtud del sacramento del matrimonio. Ya lo expresaba el Vaticano II: “los cónyuges se ayudan mutuamente a erigir su amor fecundo y a fortalecer la educación de los hijos en la unidad, consorcio del cual procede la familia (LG 11).
La verdadera familia se fundamenta en oír la palabra de Dios y cumplirla en la práctica del día a día. La familia ha de fundamentar la unión, huir de estorbos y desvíos, prever los peligros y rupturas; y poner amor, donde no haya amor, en la entrega diaria.
El matrimonio tiene sus raíces en la creación. “Desde el principio, el Creador los hizo macho y hembra y dijo: ‘Por esto, el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne’. De forma que ya no son dos, sino uno solo” (Mt 19,4).
Pero, "Moisés permitió el repudio y el libelo de divorcio", le dijeron, a Jesús y Él contestó: Ello se debe a la “dureza del corazón humano”. La rudeza que lleva a la violencia. La impiedad, la obstinación en el egoísmo y el hedonismo personal y social crean situaciones irreversibles y tan difíciles para la convivencia, que hacen precisa la separación y el divorcio; que siempre será mejor que mantener el insulto, la vejación, la rabia enquistada y, al final, el triste desenlace de la sangre y el asesinato.
Por ello, se ha de estudiar muy detenidamente la elección y no dejarse cegar por los halagos y entusiasmos enamoradizos del principio. Aquel que, olvidó sus palabras de amor o engañó, a la mujer, con falsos requiebros y quemó su amor en el odio y en el desprecio, es mejor separarlo y detenerlo. Hay hábitos y tendencias del carácter que, con la observación, se detectan y muestran los posibles problemas que seguro vendrán. Y, en ese primer momento, que es más fácil y menos doloroso, se debe cortar y marchar cada uno hacia otros horizontes y caminos.
La familia está formada por los miembros que conviven en un hogar. El núcleo vital radica en el matrimonio; es el germen natural de la familia que abarca a todos aquellos que, de alguna manera, están ligados con los cónyuges.
En esa unidad matrimonial, nacen los hijos, nuevos ciudadanos que forman y engrosan la sociedad humana. Los padres, en el seno familiar se aprestan a dar la formación humana, intelectual y profesional que los capacite para vivir el respeto, la libertad y la responsabilidad en un clima de amistad, confianza y comunicación.
La familia ha de proporcionar a los hijos los conocimientos y actitudes que necesitan para ser hombres de bien y los recursos que requieren su crecimiento y desarrollo intelectual y moral.
La madre es el principio conformante de la familia, en la que se establece un vínculo tan estrecho y envolvente que varios, padres e hijos, constituyen un “unum”, una entidad integral. A. Artous establece que al ser las mujeres las que aportan los elementos constitutivos de la sociedad, disponen de una trascendental capacidad para incidir en los asuntos sociales por su poder reproductor.
La institución natural del matrimonio constituye el proyecto extraordinario de la unión de vida en común robustecida por el amor. La familia es comunión, solidaridad y participación. Esta unidad vital enraizada, incrustada en el afecto y el cariño es la familia. Es protección, seguridad y alegría. La familia es abrazo y roce. Imparte comprensión y vive el sufrimiento; y ello juntos, entroncados, insertos en una sola entidad. Lo que afecta a uno, afecta a los demás. Ese cordón umbilical de la inserción por el amor es la fuente generativa que da vida y educa a los hijos.
La unión natural y la comunión de vida robustecen al niño y le proporcionan las defensas que precisa ante las enfurecidas olas de la vida. Sin embargo, en el espacio que respiramos, la introducción de novedades nocivas y las maniobras laicistas y paganas instilan su tendencioso virus destructivo en el matrimonio y la familia. Cervantes en su inmortal “Don Quijote de la Mancha”, afirma: “Es razón concluyente que el intentar las cosas de las cuales antes nos puede suceder daño que provecho, es de juicios sin discurso y temerarios” (P. I: Cap. 34). La lección es exacta. Causar el daño y destruir jamás beneficia; es propio de necios e ignorantes. El que dilapida su estructura patrimonial busca veloz su miseria y la de los suyos.
La familia es el sostén y fundamento esencial y primario del espacio social. Aquellos que llenos de ignorancia y maldad la minan y destruyen acarrean la debacle a la nación, a la sociedad y se aniquilan a sí mismos. La familia, sustentada en poderosas raíces de paz, amor generoso y sana convivencia es el ramaje floreciente y fructífero, núcleo primario de una fértil ciudadanía engarzada en la colaboración, la caridad y el crecimiento virtuosos de los hijos en virtud del compromiso, de la decisión voluntaria y libre en la responsabilidad del matrimonio.
Déseme un pueblo rebosante de caridad, servicio y solidaridad y levantaré un edificio social feliz, justo, libre y próspero.
servido por camilovalverde
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